miércoles, 23 de julio de 2014

VENDEDORES DE PARAGUAS




VENDEDORES DE PARAGUAS

Cada vez que llueve, en las calles del centro, surgen, de la nada, como duendes, los vendedores de paraguas.
Este hecho puede parecer trivial y pasar desapercibido al ocasional transeúnte. Pero no a mí.
Es muy triste y es muy grave. Casi toda la maldad del género humano está ahí. Es el cromosoma de lo peor, es el adn de lo vil. Es alguien que pide revancha, que sonríe pura y exclusivamente por la desgracia ajena, que es tu desgracia, es alguien que aguarda agazapado, en la penumbra, masticando odio, esperando el momento, ese precioso momento de patearte el culo, porque necesitas algo que yo tengo y me lo vas a tener que pagar.
Entonces me paro, a dos o tres metros del vendedor de paraguas, bajo la lluvia, y el vendedor de paraguas busca el contacto visual y esboza una sonrisa maligna que Hitchcock la hubiese filmado para alguna de sus películas, una sonrisa capaz de asesinarte, porque el mundo está funcionando tal cual lo imaginó.
Pero yo no me muevo, no avanzo, no pregunto el precio de tu maldito paraguas.
Me quedo bajo la lluvia, estoy quieto, tranquilo, y muy relajado, mientras el vendedor de paraguas ya no me sonríe, mira a los lados como si le estuviera sucediendo algo tremendamente injusto, buscando donde fallo, quizas la sonrisa exagerada, o etiende que con la lluvia que cae yo no le compre un paraguas.
Las gotas me caen por el rostro y se pierden entre los pliegues de mi ropa. Me mojo hasta los huevos. Es genial.

Se puede aplicar a los vendedores de carveza, los lanza coetes luminosos, etc.