miércoles, 30 de octubre de 2013

Octubre, En la playa

No es verano, pero hay días que lo parece, siempre que voy a pasear un rato por la playa de Llafranc, encuentro a alguien tumbado en la playa aprovechando el tiempo caluroso que esta haciendo, el otro día curiosamente había menos gente de lo habitual en Octubre que son unas veinte personas, pues aquel día en la playa solo había una mujer y yo paseando, lógicamente me puse a observarla y a repasar mi libreta de apuntes prácticamente llena de notas, citas y muchas anotaciones indescifrables, todo sobre la exposición fotográfica que estoy preparando en Palafrugell. En la playa, al parecer, es la costumbre, la gracia consiste en estar expuesto al sol. La gente quiere estar con gente, eso no ha cambiado, la gente se amontona, pero la vestimenta y el ámbito son diferentes. La arena reemplaza al cemento, el mar reemplaza el ruido del tráfico de la ciudad, las chicas usan bikini, los hombres usan shorts. El adulto de la especie humana es un mamífero mediano al que, exceptuando lo que podríamos denominar ‘situación de coito’, conviene observar vestido. Pliegues de grasa, uñas de los dedos de los pies de un repugnante amarillo, lunares, manchas, protuberancias, irregulares pilosidades, en fin para que continuar. Me detengo a observar a la mujer. La mujer ha decidido que no hay nada más importante en este mundo que tomar sol. Se ha untado, podríamos decir, en su totalidad, de un aceite excesivamente pringoso, su piel luce de la textura del cuero. Lleva un diminuto bikini rojo y esta estirada en la arena boca arriba, con gafas de sol y expresión de una profunda concentración. No quiere nada más, no puede imaginar un momento más pleno. Me acerco y tapo el sol con una mano, produciendo una repentina mancha de sombra sobre su rostro, que la obliga a incorporarse presa de un singular fastidio. Por supuesto he conseguido captar su atención. –Señora –le digo–. Con la misma actitud y empeño, con la misma energía y concentración que usted emplea en tomar sol, con esa capacidad, con esa fuerza, Mozart compuso sin inconvenientes una sinfonía, a los quince años de edad. Los datos que acabo de escribir carecen tal vez de rigor histórico, de la exactitud, pero la idea general está muy clara. La mujer levanta con dos dedos de su mano derecha, por un instante, los lentes de sol. –¿Tus trabajas en el Hotel Llafranch, no? Traeme una Fanta, bien fría.