domingo, 27 de noviembre de 2011

Sexualidad esquizofrenica













Sentado, tomando un "cremat" en Llafranc y conversando con unos amigos, me doy cuenta que en la mesa de al lado esta sentada una pareja muy peculiar, me fijo en ellos pues el va vestido un poco hortera, intentare describirlo.
Pantalones blancos, muy ajustados,con cinturón imaginados el cinturón mas hortera que hayáis visto, pues mas hortera, un polo rosa con el cuello levantado y los zapatos negros, muy brillantes, como de charol, con una puntera, muy puntera. Como toque final, Un abrigo de chica, estilo esquimal, imaginados una mezcla de Guti+Cristiano Ronaldo.
Las palabras y frases mas escuchadas fueron:
Osea - A que mola tía? -  es súper guay -  No te lo pierdas.

Naturalmente que no me lo iba a perder, aprovechando que se empezó a hablar de política, tema del que estoy hasta los "eggs", dirigí la antena a la mesa de al lado.

Todo comunica. La expresión recorre, ineludible, a nuestros cuerpos, a cada una de nuestras muecas, miradas, palabras y los tonos con las que las pronunciamos e, incluso, recorre a nuestros silencios. Porque, allá, esos dos, sentados en esa mesita de la esquina, puedo escuchar qué están  hablando.
Ella le agarra las manos y le confiesa que quiere hacer el amor toda la noche. Él sonríe, divertido, para besarle las manos y mirar hacia otro lado, consciente de la imposibilidad de satisfacer aquel deseo. Ella insiste, casi enamorada. Porque no quiere tener sexo. Quiere que le hagan el amor, diferencia. El hombre, en cambio, suspira. –Veremos…- dice, fingiendo un aire de misterio que finalice la conversación.
–Quiero eso.- reitera la mujer, quizás con un tono aniñado.
Se dice que a ella no le alcanza con que la haya invitado al cine y a cenar. Que no le alcanza con ir, hacerlo y a dormir como corresponde. No. Siempre quiere algo más. Maldito complejo de castración, musita, tal vez recordando alguna clase de Psicología. Ella insiste y él le pasa la mano por la mejilla, casi paternalmente, mientras asiente con la cabeza. Es propio del hombre querer darle el mundo a su mujer y es propio de ella desear el universo.
–Veremos…- vuelve él- Veremos.
Ella sonríe y su rostro se ilumina. –Toda la noche.- insiste, con esa dificultad que tienen algunas mujeres para acabar, dificultad que llevan a la conversación para girar una y otra vez sobre lo mismo.
–Pero eso no depende tanto de mí.- retruca él, abandonando el aire misterioso de esa única palabra repetida como en un encantamiento.
La mujer frunce el ceño. –¿Cómo?
Él mira el reloj. Calcula el tiempo que los aparta de las cuatro de la mañana. Analiza si es viable decírselo y empezar a discutir. Se pregunta cuánto tiempo tendrán para plantearse el tema y hacer las paces antes de que den las cuatro. Se dice si valdrá la pena. Suspira y decide arriesgarse. – Es que tienes que buscarme. Eso. Sino, se complica.- balbucea, con la mirada huidiza.
Ella lleva una mano a su pecho. –¿No… no te caliento?
Sí… Pero también tienes que hacer algo.
–¿Cómo? ¿Qué hago mal?
Mira hacia la ventana, buscando coraje. –Es que no haces nada. Esperas que uno se baje los pantalones y listo.
Ella se le acerca. –Yo hago otras cosas…- dice, con una sonrisa algo pícara.
–Si yo te hago hacerlas.- observa él- Y no funciona así. No es como te venden esas revistas que lees y ese feminismo adolescente que no es otra cosa más que un machismo contrapuesto. La misma estupidez pero invertida. No es así. No es que la sexualidad del hombre es instantánea y burda. Que la sexualidad de la mujer es una obra de arte y la del hombre, apenas funcional. Que el hombre debe erotizar besando, acariciando, tocando y susurrando al oído mientras que la mujer debe erotizar sólo con su cuerpo desnudo, o tal vez con algo de lencería.
Ella frunce el ceño. –Pero… ¿No lo pasas bien conmigo?- pregunta, confundida.
–Sí, sí. Pero al pensar y tratarme como que soy funcional me vuelves funcional. Uno y a dormir. Te tengo novedades: así no va a ser toda la noche.
La mujer levanta las cejas. –Esas no son novedades.
–¿Pero qué quieres? Si no haces nada para buscarme.- retruca él- Esa es la verdad. Y no te pasa a ti solamente. No pienses mal.- tranquilizate - Si me preguntas, esto pasa por poner a la mujer como único objeto de deseo multitudinario. Porque así es como te comportas, y como se comportan muchas. Como un objeto al cual debo desear. No como alguien sexual. Sino como la finalidad de lo sexual. Algo a lo cual se debe llegar. Que el calentamiento y el juego previo sean encarados por el hombre para llegar a la mujer es un claro ejemplo. No me digas que no. Y te juro que, en determinado momento, irrita. ¿tienes idea de la cantidad de monosílabos que me decías mientras nos conocíamos por MSN? Miles. Yo sólo preguntaba. Yo sólo proponía temas de conversación. Yo sólo avanzaba. Pero, bueno, son las reglas del juego. Uno debe insistir y subir todos estos escalones hasta llegar a vosotras en ese estúpido pedestal en el que estáis. Así que, si me quieres pedir toda la noche, es tu turno bajarte del pedestal y ensuciarte un poco.
Ella frunce sus labios. Los mismos pueden contener un insulto, una aceptación o una nueva postura. La miro. La miro cuidadosamente. Sus labios se pliegan, anticipando la primera palabra. Pero un hombre gordo se para delante de ella y no puedo verla. Todo comunica salvo la censura.
Me inclino hacia un costado, pero el hombre es en verdad enorme y la sigue tapando. 
Cuando el gordo termina de incorporarse, se va del bar. Miro al reloj. Ya son las cuatro. Miro a la pareja. Permanecen en silencio. Intento buscarle un sentido a su silencio cuando giran hacia el reloj. Se levantan y salen del local.
Nunca sabré cómo terminó esa conversación sobre lo esquizofrénica que es nuestra sexualidad, sobre las multitudes que hay entre dos personas en la cama. Nunca sabré, tampoco, si hablaron de estas cuestiones o si hablaron de lo bien que estaba un capítulo de Los Simpson.