miércoles, 2 de noviembre de 2011

Tiburones en Llafranc?

Ayer por la tarde, ya oscuro andando hacia casa pase por la calle "la sirena" y recordé una vieja historia que me contaron en un bar de Calella, los integrantes de un grupo de cantantes de habaneras.                                       
El pescador sintió un tirón fuera de lo habitual. Eran demasiadas noches, demasiados años pescando en aquel siempre destartalado barco, ni en la época de los tiburones, tampoco eran tiburones, ni tiburones adolescentes podríamos decir, tampoco tiraban así. Podían cortar el hilo de pesca con un brusco movimiento de cabeza, claro, pero no tirar así, sin intervalo, con tanta vehemencia.
Debían ser las tres de la mañana, y llovía fuerte. No había nadie, Víctor no se había querido quedar, ni ante al ofrecimiento de compartir media docena de empanadas y un poco menos de media botella de ron.
–Hace mucho frío, va a llover toda la noche –Víctor guardó sus cosas y se fue caminando despacio, hasta su vieja camioneta que siempre parecía a punto de desfallecer, un último ronquido antes de encenderse y arrancar.
Así que el pescador tiró y tiró, pensando que si era un tiburón, porque no podía ser otra cosa, el hilo se cortaría en cualquier momento y entonces sí, se comería tres empanadas, se daría un último trago de ron, se iría a dormir. 
Aunque cada vez le costaba más dormir, eso sí que era un problema. Y no le molestaba mucho la pierna, así que no podía ser la pierna, pero quedaba acostado boca arriba, pensando porqué no se dormía. Recordaba fragmentos de su abnegada vida, inconexos, mezclados, incompletos episodios que se desordenaban en la mente como si fueran arrojados desde algún travieso cubilete.
Salió una sirena, como en los cuentos, cosa rara. Una preciosa y plateada sirena, con los pechos pequeños, redondos y una larga cabellera que hacía juego con su cola de pez. Ojos grises, tenía la sirena, y mirada tristona. Estaba muerta de frío, pero igual le sonrió. La envolvió lo mejor que pudo con su abrigo, y la alzó como si fuera una novia. Ella se colgó de su cuello, y apoyó la plateada melena contra su pecho. Llovía, más fuerte, y lanzó una especie de gritito cuando él quiso dejarla en el asiento trasero del 1400, para volver por la caña y el resto de las cosas. Ella no estaba dispuesta a soltarle el cuello.
La llevó a su casa, le preparó un baño caliente y le dio de comer. Debía estar clareando cuando ella se vino a su cama y se acostó junto a él, el cabello de plata sobre su pecho de viejo.
Pasaron algunos días sin que se animara a contárselo a nadie, ni siquiera a Víctor, que le hizo un comentario, mientras jugaban al dominó. Le dijo que lo veía raro, que se había peinado, que algo le pasaba.
La verdad era que no podía hablar del tema. Además, quién iba a creerle. Una sirena, una sirena joven y divina, viviendo con él. Algo mágico, un milagro.
Pasaron los días, esperó que volviera la lluvia, porque la lluvia volvía siempre, otra vez. Era un invierno terrible. La gente que veraneaba en la costa jamás podría imaginar lo que era el invierno en esas mismas playas. Le dio un somnífero, en la cena, no muy fuerte. La cargó en brazos. Esperó en el auto, hasta que el muelle quedó vacío, hasta que los últimos pescadores perdieron las ganas. Entonces sí, la cargó en brazos, mientras la lluvia le golpeaba la cara. 
Hubo un relámpago que pareció abrir el cielo en dos. Las olas golpeaban el muelle con una fuerza espantosa.
Y la tiró al agua. Abrió los brazos, inclinándose un poco, la dejó caer, el contacto con el agua la despertaría de inmediato. 
La sirenita tocaba las pelotas con locura, que si la casa estaba hecha un asco, que no dejara los calcetines tirados, que  bebía  mucho, que demasiados trastos por casa, que si la limpieza, que cuidado no te mees fuera, etc etc., que nunca iban a comer afuera.
Le hacia recordar a su mujer, o ex mujer, que lo dejo por el hijo del alcalde.
Volvió al auto y encendió un cigarrillo, se puso un cassette de habaneras, pensando en llamar a Victor para la partida de domino.