jueves, 27 de octubre de 2011

Dolor de cabeza tremendo

Elvis está vivo.











Trabaja en un bar cerca de la calle Fastenrath, en el Carmelo, pasando un taller de reparación de coches que se llama "Fausto" o "Faustino", no me fijé bien porque el sol me molestaba, estuve toda la mañana subiendo y bajando escaleras y ascensores, estaba cansado y sediento, así que me metí en el primer bar que encontré.
Entré al bar y me senté, con tan mala suerte que un pequeño florero que estaba encima de la mesa se volcó, derramando toda el agua.
–¿Qué va a tomar?
Estaba tratando de secar la mesa con servilletas.
Levanté la cabeza, y ahí estaba.
–Una cerveza sin alcol, por favor –solté el manojo de servilletas, hechas un bola húmeda.– ¡Elvis!
–¡Sh! –Dijo Elvis, y en su rostro había idénticas proporciones de tristeza y contrariedad–. No.
–¡Pero eres Elvis! –No lo podía creer. No podía ser. Estaba grande, claro, con poco pelo, y blanco, peinado hacia un lado, y vestido de camarero, con su trapo sobre el hombro izquierdo. Pero los ojos, la cara, era Elvis– ¿Qué haces en este bar?
–Vivo –dijo Elvis, y exhaló el suspiro más triste del mundo.
–Pero, pero… –Estoy hablando con Elvis Presley, ¿qué hago?–. Pero entonces…
–Sí, no estoy muerto. Tuve que escapar, las anfetaminas, chanchullos políticos. Era otra época, tío. Lo mejor fue escapar. Era escapar, o que la CIA me matase. No había opción.
–Pero te busca todo el mundo. Y cada año, en la fecha de tu muerte, la gente va a Memphis, hacen homenajes.
–Sí, lo miro por televisión. Y me emociona un poco, te digo la verdad. Pero no puedo volver, mira cómo estoy.
–¡Elvis Presley! –Dije otra vez. Una cucharita se cayó al suelo, y sonó como si alguien hubiera hecho sonar una campana diminuta.
–Sí, tío, no jodas más. Ahora vengo con la cerveza.
Se fue por un pasillo que se perdía detrás de la barra. Y ahí estaba yo hablando con Elvis Presley. Le costaba caminar, como si tuviera problemas con una rodilla. Su español era bastante pasable.
Volvió.
–Es mejor así, tío –dejó mi cerveza sobre la mesa–. Creeme lo que te digo, es una historia que no se puede cambiar.
–¿Te duele? –Le señalé la rodilla que lo hacía cojear.
–Uf, y con humedad, mucho más. –Se hizo un masaje circular, y no pudo evitar una mueca de dolor–. Bailar como bailaba yo no es gratis. Fijate en algún jugador de fútbol mayor de cuarenta años, fijate cómo le quedan los huesos. 
–Pero, Elvis… No sé.
–Tengo que seguir atendiendo, tío –había entrado una parejita, y un mecánico del taller cercano, supongo. Cuidate, y suerte.
–¿Te puedo pedir algo?
Elvis se dio vuelta y resopló. Dejó la bandeja en la mesa de al lado.
–Sí, ya sé. Quieres que te cante aunque sea una estrofa de ‘Love me tender’, o alguna otra, ¿no? Dime cuál quieres escuchar. Te aviso que tengo la voz destrozada. Dos paquetes por día, no paro de fumar


–No, traeme un gelocatil o una aspirina tengo un dolor de cabeza tremendo.