jueves, 6 de febrero de 2014

¿Te odio! dijo


La mujer se me acercó en la calle y comenzó a insultarme. Yo estaba bajo un toldo, cubriendome de la lluvia. Me encanta la lluvia, pero estaba con varias carpetas llenas de fotografías que no debían mojarse. Meditaba sobre la conveniencia de esperar o definitivamente  comprar un paraguas. Me molesta que intenten venderme un paraguas, justo cuando llueve, porque es cuando uno más lo necesita. El vendedor lo sabe; el vendedor se relame (hablare de los vendedores ambulantes de paraguas).
Volvamos a la mujer; era bonita, huesuda, con el cabello recogido en una simpática cola de caballo y el rostro desencajado por la bronca. Siguió gritándome.
‘¡Te odio!’, dijo; ‘¡te odio con toda mi alma!’, dijo; ‘¡cómo pudiste hacerme esto!’, dijo. 
La miré. Esquivé un puñetazo que iba dirigido a mi rostro, y se incrustó en mi hombro, y la miré. Jamás la había visto en mi vida.
La mujer volvió a la carga, así que la dejé golpearme un poco. Me pareció importante que se cansara. 
Tras cuatro o cinco golpes más, se puso a llorar y cayó de rodillas sobre la acera mojada. Dejo su bolso en el suelo mojado y se pasó una mano por el pelo, intentando adherirlo definitivamente a su cráneo, desesperada.
La gente que pasaba se había detenido, dispuesta a lincharme. Esperaban, expectantes, un gesto de la mujer, una instrucción, para molerme a palos entre todos. La gente quiere desquitarse de la maldita e insólita vida que les ha tocado en suerte. Necesitan un motivo, una causa. 
Me arrodillé junto a la mujer, cuidando que las carpetas no se mojaran. Le acaricié una mejilla; no pude evitarlo. Le sequé algunas lágrimas con mi pulgar. 
‘¿Estás bien?’, dije; ‘no te conozco; te juro que no te conozco. Jamás te vi en mi vida’, dije. 
La gente aguardaba el desenlace con curiosidad. Estaban dispuestos a golpearme, o a aplaudir; la cosa se ponía interesante. 
Ella me miró. Seguía llorando cuando me miró.
‘Es verdad’, dijo. ‘No nos conocemos, todavía. Pero nos vamos a conocer, y va a terminar mal. Me vas a hacer sufrir mucho. Quise evitar esta escena, pero no pude. Me salió quejarme por adelantado. Lo siento perdoname. 
La ayudé a incorporarse y andando bajo la lluvia la acompañe sujetandola de un brazo a la estación de metro mas cercana.