lunes, 2 de agosto de 2010

Terror al Supermercado


Es fin de semana y mucha gente va al supermercado, yo particularmente lo odio. Por suerte la imaginación humana, crea un sinfín de juegos mentales (a decir verdad, como tres o cuatro) que nos permiten pasar por este Vía Crucis

Ir al supermercado. Allí se despiertan los peores instintos de nuestra naturaleza, como el consumo, la indecisión, la avaricia, el aburrimiento, la cólera, la prisa y el dolor de cabeza. Los niños se impacientan y logran sacarnos de quicio, nuestros ahorros se volatilizan y no sé a notado pero la gente allí parece más fea, desde el punto de vista estrictamente estético. Ignoro por qué, pero es así.

Y dentro de este infierno existe un infierno particularmente más monstruoso y concentrado: La cola para pagar. No he visto rostros felices, ni siquiera humanos, durante el desarrollo de esta actividad. La espera es eterna. La ansiedad por salir de allí es insoportable. Antes las cajeras pretendían endosarnos un exceso de bolsas –siguiendo las instrucciones de vaya a saber qué mafia de las bolsas, actualmente parece que se han recibido ordenes de suavizar las entregas.

Tenemos la opción de criticar las compras ajenas, criticar, en la forma más despiadada y brutal posible, el contenido de los carritos ajenos. Si el contenido es exiguo, reírnos de su supuesta miseria y ponderar en qué pena que no exista una “caja rápida” para menos de tres productos. Si es excesivo, sentirnos indignados por la avidez del portador, comparando la carga del carro con el aperitivo de un ogro gigantesco, obeso e insaciable. Si es medio o correcto, criticar sus opciones de productos, tomando como excusa el exceso de azúcar, de hidratos de carbono o el color de su packaging.

Existe el comprador neurótico obsesivo, va trasladando del carrito a la cinta transportadora de la caja estableciendo un orden estricto y ligeramente arbitrario: en la fila de adelante, los congelados; luego, productos de limpieza; a continuación, verduras; etcétera. Colocar los productos simétricamente, en filas de a números impares y en el caso de que sean apilables, apilarlos hasta límites arriesgados. Si algún empleado pretende ayudarnos para apurar el trámite y desordena nuestros productos, chillar como un cerdo y exigir que se nos permita empezar de nuevo.

También en un momento de distracción, mover el separador de compra de supermercado a los límites interiores de nuestra compra, y obligar al de adelante a comprar un producto carísimo. Por ejemplo, un neumático. O un DVD. También podemos invertir el juego, apoderándonos de un producto ajeno, y despojando al desprevenido de su ración semanal de papel higiénico.

Podemos entretenernos analizando los productos que la gente abandona junto a la caja. Dejar volar la imaginación. Reflexionar en qué dramas personales, qué infinita cantidad de historias de miseria, frivolidad o problemas de pareja se esconden tras ese taza decorada con una vaca, esa caja de cereales azucarados, ese desodorante de fragancia “deportiva”, que nos observan abandonados, huérfanos y tristes antes de largarnos de allí.

Y por ùltimo cargar el carro con objetos que hagan pensar a los demás que estamos desequilibrados. Por ejemplo, doscientas latas de aceitunas y un plumero. O cuerdas, cuchillos de carnicero y cloroformo (aunque no estoy seguro de que se venda cloroformo en los supermercados) O treinta huesos de goma para perros, treinta gaseosas y treinta velas aromáticas. La compra debe ser abundante. Una vez en la caja, después de diez minutos descargando los productos, gritar “¡Me falta el queso blanco! ¡Ya vengo!”, irnos corriendo y luego huir del establecimiento. Nuestro trámite se habrá vuelto sin sentido, pero tendremos largas horas de esparcimiento contando la anécdota y pensando en la cara de los pobres clientes que estaban atrás nuestro.



Todas estas diversiones son gratuitas y divertidas. Algunas, claro, nos ganarán enemigos a muerte